Elogio de la Ignorancia

Let’s call the whole thing off…

Ira Gershwin

Conocer cabalmente una época no es una condición imprescindible para que uno pueda formarse una opinión respecto a los hechos históricos que la definen —o que aparentemente la definen— desconocer las causas de un hecho, desconocer los pormenores de un hecho no evita que sus consecuencias nos rocen, tal desconocimiento fragmentario —también el conocimiento es fragmentario— no debería impedir que una vez que hayamos formado nuestra opinión, independientemente de su certidumbre, la expresemos como juicio de valor. Si solamente pudiéramos opinar de lo que sabemos todo diálogo o bien se limitaría a un intercambio tedioso de información entre personas “informadas”, o bien sería un malentendido imposible de resolver. No conocemos ni entendemos del todo las razones de los senadores que conspiraron para asesinar a Julio César, ni las de Julio César para proclamarse dictador… pero pese a nuestra ignorancia de los hechos, 2060 años después seguimos tomando partido por unos o por otro.

Creo que alcanza con interesarse honestamente por una cuestión, con conocer de manera general un hecho y luego examinarlo bajo la luz de un código ético externo, es decir aplicarle un conjunto de reglas objetivas para poder llegar a una conclusión provisoria (todas las conclusiones son provisorias) respecto a su justicia o a su injusticia. Una opinión desinformada puede ser una opinión acertada, ética y no hace falta haberse pasado la vida estudiando el holocausto nazi para llegar a la conclusión de que Hitler, Himmler, Heydrich y Eichmann fueron unos hijos de puta.

No es obligatorio ser historiador para opinar sobre las guerrillas de los 60 y 70 y sobre los métodos, legales e ilegales, de los que se valieron los gobiernos para combatirlas, dicho esto, me resulta penoso leer las opiniones de snobs que utilizan hechos históricos que para otros resultan trágicos como excusa para fingir una indignación moral de la que no son capaces. Considero snobs a quienes sostienen opiniones pese a que no les interesan o que las emiten como una forma solapada para obtener un beneficio o causar un perjuicio a quienes perciben como enemigos; es snob el elitista moral autocomplaciente que se considera superior al resto de nosotros después de medirnos, juzgarnos y finalmente condenarnos o absolvernos con un código ético que ha confeccionado a medida de su ego.

Aquí comienza una digresión histórica:

Escribo “métodos legales e ilegales” pues la Masacre de Trelew, 1972 (esto es el asesinato a sangre fría de prisioneros políticos) fue una aberración a la norma, hasta entonces se había intentado neutralizar a las guerrillas dentro de un marco legal al que si bien se le pueden hacer reproches de constitucionalidad, era un sistema que permitía a los acusados defenderse de las imputaciones de un fiscal en un tribunal, este tribunal era “el Camarón” (Cámara Federal Penal, creada en 1971 durante el gobierno de Lanusse) donde los acusados tenían derecho a defensa, donde algunos eran condenados y en otros exculpados; además los acusados tenían la posibilidad de plantear la constitucionalidad de las leyes con las que los juzgaban, de la Cámara Federal Penal primero frente la Cámara Federal Penal misma y luego ante la Corte Suprema. Si bien alguno de los jueces que lo formaban como Jaime Smart no honraron su función, la enorme mayoría eran personas éticas y jueces probos, contaré dos anécdotas sirven para definir el carácter moral de dos de estos jueces, el juez Munilla Lacasa y el juez Vergara:

El 22 de agosto de 1972, mi tío, abogado comunista que dedicó su vida a defender presos políticos, estaba reunido con el juez Munilla Lacasa discutiendo el caso de sus defendidos que estaba detenido a disposición del tribunal cuando sonó el teléfono, el juez Munilla Lacasa atendió, se le desfiguró la cara y luego de colgar, dijo: —Acaba de ocurrir una tragedia…y pasó a contarle a mi tío lo que acababa de suceder en la Base Aeronaval Almirante Zar, para el juez Munilla Lacasa el asesinato de prisioneros que estaban bajo su tutela era una tragedia, eso no impidió que el ERP intentara asesinarlo culpándolo injustamente por dichos asesinatos, ni que asesinara al juez Quiroga en la puerta de su casa valiéndose de la misma lógica alucinada e inmoral.

En febrero de 1973 el juez Vergara impidió personalmente que una comando del ejército que venía de Rosario secuestrara a Julio Roqué de las FAR. Roqué había asesinado al general Sánchez y al almirante Berisso. El juez Vergara, que no llega a medir un metro setenta de altura, cruzó dos colectivos 60 cerrando la cuadra de la comisaría de Martínez donde estaba detenido Roqué junto a Paco Urondo y a Lili Massaferro, así impidió que el camión del ejército donde se trasladaban quienes intentaban secuestrarlo llegara hasta la puerta de la comisaría, luego le informó al militar a cargo que no le iba a entregar a su prisionero “porque no va a llegar vivo a San Nicolás”y procedió a tomarle declaración a Roqué quien confesó el asesinato del general Sánchez y del almirante Berisso. Ese domingo el juez Vergara se quedó en la comisaría hasta la una de la mañana para asegurarse que los militares no volvieran, luego pudiendo abusarse de su cargo y hacerse llevar a su casa por la policía decidió caminar hasta la estación de Martínez y allí tomó un taxi.

Cuando Lanusse le traspasó el gobierno a Cámpora se perdió toda esperanza de legalidad en el la represión de las guerrillas, fue entonces y no el 24 de marzo de 1976 cuando el estado (o el gobierno) adoptó métodos ilegales para perseguir y castigar a quienes cometían delitos contra el estado, i.e., fue entonces cuando el estado abandonó la ley y las garantías procesales y con la finalidad meramente declaratoria y falaz de defender a la sociedad se convirtió en enemigo de la sociedad, no solo de aquellos a quienes dañó físicamente sino de todos aquellos a quienes privó de sus libertades civiles. Más adelante, primero durante el gobierno de la infeliz Isabel Perón y luego durante el Proceso de Reorganización Nacional (el mero nombre es una broma siniestra) vendría la sistematización progresiva de los secuestros y asesinatos políticos que pasarían a denominarse eufemística y tenebrosamente desapariciones. Vale decir que la primera ley del gobierno de Cámpora (la ley de Amnistía del 25 de mayo de 1973) liberó festivamente a los presos de Devoto, disolvió “el Camarón” y convirtió en parias políticos y económicos a los jueces que lo habían conformado, quienes pasaron a vivir de la generosidad de sus amigos pues como venganza personal en la ley se incluyó una cláusula que les impedía jubilarse, esta situación cambiaría cuando la esposa del juez Quiroga increpó a Perón ya que López Rega, en complicidad con la izquierda peronista frenaban en el Congreso la ley que permitiría que los jueces del “Camarón” se jubilaban. Se cuenta que Perón al verse increpado por la esposa del juez Quiroga, lo miró a López Rega y le dijo: —¡La puta que lo parió, López Rega, haga aprobar esa ley! A los pocos días la ley era aprobada.

Para tener una dimensión del carácter de estos jueces, el juez Munilla Lacasa rechazaba ramos de flores que le enviaban las familias de los acusados absueltos no por fuera desagradecido sino porque no podía aceptar regalos de alguien a quien había beneficiado con una absolución. Respecto al juez Vergara, en 1983 Alfonsín le ofreció ser juez de la Corte Suprema, Vergara después de agradecer el agradecimiento lo declinó pues había defendido a Alfonsín en el juicio que le había iniciado Lorenzo Miguel a raíz de que Alfonsín lo denunciara públicamente como partícipe del “pacto militar – sindical”, Vergara argumentó: —Doctor, soy su abogado, no sería ético que yo sea juez de la Corte…

La consecuencia natural de la Ley de Amnistía de Cámpora fue el reemplazo de la Cámara Federal Penal, cuya constitucionalidad podía resultar cuestionable, por La Triple A: una banda de asesinos mayormente reclutados en la policía y las fuerzas armadas que actuaban simultáneamente como jueces, fiscales y verdugos.

Terminada la digresión vuelvo a lo que me interesa hoy:

Insisto, no me parece reprochable que haya opiniones desinformadas, pues quien tiene interés real en una cuestión tarde o temprano terminará conociendo los hechos que motivaron esa opinión y podrá modificarla, sí me parece penosa la satisfacción que algunos derivan de utilizar como argumento político la cantidad de personas asesinadas —independientemente de si estas personas asesinadas: fueron culpables de robos, secuestros y asesinatos, o simpatizante de estos, o víctimas de la ambición de psicópatas ladrones como Massera o ajenos a las vicisitudes políticas y a quienes el azar ubicó en la situación y lugar errados, por ejemplo: sé por un testigo presencial que en Rosario un sodero fue asesinado por miembros del ejército después de un accidente de tránsito, al otro día los diarios informaron de un “enfrentamiento”.

Es una pobreza moral e intelectual muy argentina derivar satisfacción del sufrimiento de otros, aumentar la cantidad de víctimas de una tragedia para satisfacer no sé bien qué oscuridad personal, y es igualmente penoso derivar satisfacción de minimizar la cantidad de no porque nos mueve la piedad, o nos alivia saber que menos personas murieron una muerte cruenta sino porque nos satisface echárselo en cara a aquellos quienes incomprensible y cruelmente prefieren que las víctimas hayan sido incontables. Esas dos caras de la misma indigencia moral e intelectual que no respeta la memoria de quienes ya no están (no existe civilización sin respeto por los muertos y compasión por sus deudos) pues utilizan una tragedia como método para obtener lo que consideran sería un triunfo político.

Incomprensiblemente a los unos les satisface que la cantidad de asesinados haya sido mayor que los casos registrados y denunciados, a los otros también incomprensiblemente les satisface que hayan sido exactamente los casos registrados, y menos si eso fuera posible, no porque los alivie saber que menos personas fueron asesinadas ni porque les interesen la verdad y la historia, sino porque saben que esa disminución de la cifra les dolería a sus enemigos. Escribo enemigos pues los simpatizantes de ambas cantidades (porque en eso se han transformado voluntariamente, en partidarios de una u otra cantidad) han decidido continuar esa guerra estéril, injustificada y boba que empezó en la década del 60 y han tomado partido por posiciones que necesitan revivir porque creen que esta afiliación les otorga entidad a sus vidas tan vacías de vida y de muerte. Afortunadamente esta vez cavaron las trincheras en la seguridad burguesa del living de sus casas y oficinas, se parapetaron detrás de los sillones de Starbucks y de los escritorios, y las armas fueron reemplazadas por la notebook, el smartphone, el iPad y el iPhone 6 Plus.